Confieso que es algo que nunca se me había ocurrido, pero tiene su cierta lógica. Cuando a principios del siglo pasado los primeros coches de motor (eléctricos, a vapor o de gasolina) comenzaron a extenderse, ¿qué hacía la gente con todos esos carros con los que hasta entonces había llevado el ganado al mercado o con los que los domingos iba a la iglesia? Quieras que no, un carro es un artefacto complejo, que en su época debía costar bastante pasta. Y de pronto van y te dicen que tu flamante carro de caballos ya no sirve, que ahora lo que mola es una máquina infernal que va por ahí atronando a los vecinos y llenándolo todo de humo. Debieron sentirse como el del chiste: Cuando por fin había aprendido a decir fregoneta, resulta que ahora la llaman molovolumen. Ante tanta confusión, sin duda debió haber un algún iluminado al que se le ocurriría la solución obvia: en lugar de comprar un coche, uno podría comprar alguna forma de artefacto mecánico que sustituyera al caballo al frente del carro. Con esto tenía todas las ventajas de la nueva tecnología, pero sin tener que tirar a la basura una máquina que funcionaba perfectamente.
Y, para mi sorpresa, parece que sí lo hubo, como nos cuenta Jason Torchinsky en Jalopnik. Hubo un momento, a finales del siglo XIX, en que existieron al menos dos de tales aparatos: uno en Alemania y otro en EEUU. Lo cierto es que se trata de una lectura bastante curiosa, que dice mucho sobre el ingenio de nuestros antepasados en aquellos años locos en los que se forjó el mundo que conocemos hoy.
Esta es una de esas noticias que me ponen de los nervios. Y es que el Departamento de Educación de la ciudad de Nueva York, en un alarde de… (verdaderamente no sé muy bien cómo definirlo sin usar lenguaje ofensivo); ha decidido pergeñar una lista de palabras que proponen se prohíban en los exámenes estándar mediante los que se evalúa a los estudiantes de la ciudad. Se trata de palabras que ciertos estudiantes pueden encontrar ofensivas o incómodas debido a su religión, sexo o situación familiar. Así, entre la cincuentena de palabras eliminadas encontramos no sólo evolución (y, por extensión, dinosaurio), sino también divorcio, Halloween (por ser una tradición pagana), caza (supongo que para no ofender a los vegetarianos) o rock and roll. Realmente es de esas noticias que te da ganas de abandonar definitivamente esta roca y buscar otro lugar con vida inteligente en algún lugar lejano del universo, no sea que la estupidez sea contagiosa.
Y ya para finalizar sólo me queda dedicar este pequeño texto al Departamento de Educación de la Gran Manzana. De mí para ustedes, con todo mi cariño:
El dinosaurio despertó y apuró la botella de whisky que tenía junto a la cama. “Sí”, pensó, “es realmente maravilloso ser una estrella del rock en el Jurásico”. Y volvió a dormirse, soñando con la mansión que se compraría con el dinero que había ganado con su último disco.
Tenéis más información sobre el asunto en CBS, por ejemplo.
¿A quién no le ha pasado? Estás tranquilamente planeando tu swing y de pronto cae una bomba que te hace fallar el golpe. A los españoles estas cosas en general nos ponen de los nervios, porque somos una cultura poco previsora. Por suerte, a los ingleses estas cosas no les pasan, porque están preparados para todo, como demuestra esta lista para tiempo de guerra que un club de golf inglés publicó durante los años 40:
Se ruega a los jugadores que recojan los fragmentos de bombas y metralla para evitar que las máquinas cortacésped sufran daños.
Durante las competiciones, en caso de tiroteo o mientras caen bombas, los jugadores pueden ponerse a cubierto sin sufrir penalización por dejar el juego.
Se han marcado con banderas rojas las posiciones conocidas de bombas de espoleta, situadas a una distancia razonable de las mismas, aunque no se garantiza que sea totalmente segura.
Se pueden mover los fragmentos de bomba y/o metralla situados en las calles o en los búnkeres de arena y que estén a un palo de distancia de una bola sin incurrir en penalización, y tampoco se sufrirá penalización si en el proceso una bola se mueve de forma accidental.
Una bola movida como consecuencia de una acción enemiga se puede devolver a su sitio; o, si se ha perdido o ha sido destruida, se puede sustituir por otra bola, dejándola no más cerca del hoyo que la anterior, sin incurrir en penalización.
Una bola que caiga en un cráter [producido por una bomba] se puede sacar de él con la mano y se puede volver a dejar no más cerca del hoyo de lo que estaba sin penalización, siempre que se mantenga la línea con el hoyo.
Un jugador cuyo golpe se vea afectado por la explosión simultánea de una bomba, puede volver a jugar la bola desde el mismo sitio. Se le penalizará con un golpe.
Con motivo del lanzamiento del GTA III Edición 10º Aniversario para iPad y Android, Rockstar decidió hace unos días contestar algunas de las preguntas que los fans de la saga llevan planteándose desde hace muchos años. Si queréis saber por fin y para siempre si Claude es mudo o simplemente es que no tiene nada que decir, qué se cortó exactamente por los atentados del 11-S o si el Dodo tenía que volar (ellos dicen que no, pero Internet dice lo contrario). Lo que más me ha impresionado es sin duda la foto comparativa entre el guión del GTA III y el del GTA IV. Decir que la diferencia es bestial no empieza siquiera a dar una idea de la magnitud del cambio. Podéis consultarlo en la web de Rockstar: Parte 1, Parte 2.
Ahora sólo queda esperar a la sesión de preguntas con motivo del aniversario del San Andreas para saber de una vez si el supuesto bigfoot era real o no…
Ya, ya sé que llego un poco tarde, pero teniendo en cuenta que apenas hemos entrado en la primera década del siglo, tampoco estoy tan desencaminado. Y al fin y al cabo, en 2012 se cumplirán los 60 años de la aparición de estas predicciones, que son ni más ni menos que de Robert Heinlein.
Mi fascinación por las cosas con motor no conoce apenas límites, como saben todos los que me conocen. Realmente para mí será un día muy triste el día que todos nos movamos en silenciosos, limpios y aburridos vehículos eléctricos. Pero no es de eso de lo que quiero hablar en estos momentos. No, en su lugar os voy a explicar cómo funciona un motor de combustión. O más bien, dejaré que sea el departamento de marketing de Chevrolet quien, mediante este simpático vídeo, os lo explique. Es una buena excusa para dejar de trabajar durante 8 minutos.
Hace unos meses ya os hablaba de los peligros que se escondían dentro de los plátanos. Sin embargo, no son los plátanos los únicos frutos del reino vegetal que pueden acabar con nosotros si nos descuidamos. No. Los pistachos también son finos.
Termina el año y como siempre me quedan un montón de entradas en la carpeta de borradores del Live Writer que no he podido pulir y publicar básicamente por falta de tiempo. Son entradas que en su mayoría ya no tienen mucho interés, pero siempre hay alguna que está lo bastante avanzada como para que con un par de horitas (o cuatro) de trabajo quede medianamente potable. Así que de aquí a final de año os van a caer unas cuantas entradas, que puede parecer que no vienen mucho a cuento, pero que en su momento eran de una actualidad más que candente. El caso es que aquí va la primera de estas, dedicada al Motorama de GM. La razón de publicarla es ni más ni menos que que este año se cumplen los 50 años desde que se celebró el último de estos eventos y me pareció adecuado, mostraros cómo veía la empresa más poderosa del país más poderoso del mundo cómo iba a ser ese futuro que en 1950 parecía lejano, pero que ya tenemos aquí.
A todos nos ha pasado. Llega un punto en todo juego en el que se nos presenta un muro infranqueable que no podemos superar por más que lo intentemos. ¿Qué hacer entonces? Bueno, es obvio, entonces hay que usar la CIENCIA. Pues bien, para los que queráis mejorar vuestras puntuaciones en el popular juego de los pajaritos cabreados (más de 1 millón de descargas en el Chrome Store), Rhett Allain ha estado publicando en Wired unos cuantos artículos dedicados a la física de Angry Birds. En ellos ha tratado temas como el tamaño aproximado del tirachinas y el pajarito, o si la velocidad de lanzamiento es constante o depende del ángulo de lanzamiento del pájaro en cuestión. La verdad es que es una forma amena y curiosa de recordar la física que aprendimos en el (lejano ya para algunos) Bachillerato.